Dos horas después,
seguía girando en la cama. No había posición que
me viniera bien, ni para dormir ni en mi vida misma.
Seguía preguntándome
ese tan intrincado "por qué" y, tal como esperaba, no encontraba en mi cabeza más que un "porque
sí".
Un día cualquiera mi
mirada se topó con la tuya y así como una
melodía nunca pudieron dejar de bailar; curiosa suerte la que nos cruzó, aún más curiosa la que nos
desencontró.
Ya no había mucho más
que hacer con eso, ya no había una respuesta.

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